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sábado, 16 de noviembre de 2013

Mirando atrás/Looking Back, I


I

Estoy tumbada en la cama. Son casi las doce del mediodía. La luz del sol, que se cuela por un espacio minúsculo entre las cortinas, me acaricia el tobillo. Tengo que levantarme. Me estiro como un gato, de la cabeza a los pies y ruedo hasta el borde de la cama, dejando una pierna y un brazo colgando durante unos segundos. Camino descalza hasta la ducha.


Al salir de la ducha me pongo una camiseta de tirantes blanca, pantalón de lino azul tres cuartos y sandalias de cuero. Me dejo el pelo mojado como una manera de sobrevivir a este calor de justicia. Este año está azotando con fuerza, incluso en la costa.


Debo ir ligera de equipaje. Después de todo no sé cómo voy a encontrar la casa de la abuela. Tampoco sé muy bien si me quedaré mucho tiempo. Tengo que resolver papeleo pendiente, echar un vistazo para ver si nos podemos deshacer de algo más y dejar la casa impecable con la ayuda de María. Necesitamos que esté presentable para enseñarla a los posibles  compradores.


En cualquier época del año me resultaría un incordio encargarme de este tipo de cosas, pero estas últimas semanas con toda la familia en la playa, sin apenas intimidad, me han convencido para tomarme un descanso por mi cuenta. Para estar a solas y de paso hacer algo de trabajo físico, todavía no ha matado a nadie, ¿no?


Espero el autobús en la parada al final del paseo marítimo. Ha sido un acierto no cargar con un bolso grande, el calor es sofocante y la brisa casi imperceptible. El autobús verde y amarillo llega puntual. Afortunadamente el pueblo de la abuela está al principio de la ruta de la sierra; la combinación autobús más carretera sinuosa no suele sentarme bien. Me siento en el interior del autobús frigorífico bendiciendo al inventor del aire acondicionado y rápidamente  me quedo adormilada. Ya sé, hace menos de una hora que me he levantado, pero los vehículos en marcha tienen este efecto en mí, no puedo evitarlo.


 Al llegar a mi parada, bajo las escaleras lentamente anticipando la bofetada de la flama del mediodía. Como en cámara super lenta camino hacia la casa de la abuela. De camino respiro el aire caliente y miro a mi alrededor comprobando que nadie se aventura fuera de casa a la hora de la siesta.

Cuando llego al zaguán, busco la llave del portón en el escondite de siempre. Todavía me acuerdo cuando me enseñaron dónde estaba: ese fantástico día en el que por fin fui lo suficientemente mayor para entrar a casa sola, y lo suficientemente alta para alcanzar el llavín en su escondrijo.

Es tan extraño visitar la casa vacía, casi se hace inconcebible. Sobre todo si tenemos en cuenta que la mayoría de mis recuerdos incluyen nutridos grupos de comensales sentados en el patio en las tardes de verano.

Cuando entro, la oscuridad en el corredor me deja fría. Esa entrada de la casa era la que la abuela llamaba "la clínica" (para sus plantas): allí las protegía del sol del patio durante el verano. Parece que el toldo está totalmente echado, y el pasillo, que durante mi infancia parecía una pequeña selva de interior, está vacío y gris.

Presiento que explorar el caserón va a ser diferente. Cuando éramos niños, registrábamos las alacenas y el trastero en busca de tesoros por descubrir. Hoy solo encuentro paredes desnudas y muebles desvencijados.

 

I


I am lying on the bed. It is almost midday. The sunlight, coming from a minuscule space left by the curtains, caresses my ankle. I have to get up. I stretch like a cat, from head to toe and roll over to the edge of the bed leaving a leg and an arm hanging out for a few seconds. I walk barefoot to the shower.


After the shower, I put on a white tank top, three quarter length blue linen trousers and leather sandals. I leave my hair wet as a way to survive this scorching heat. The summer is hitting us hard this year, even on the coast.


I need to pack light. I don’t really know in what state I am going to find grandma’s house after all. And I am not even sure if I will stay long either. I need to sort out some paper work, have a look to see if there is anything else to get rid of, and leave the house spotless with Maria’s help. It needs to be presentable to show it to possible buyers.


Any other time of the year I would find quite annoying to take care of these things. But these last few weeks spent with the whole family on the beach, with very little privacy, have convinced me to take a break on my own. I want to be alone and get involved in some kind of physical activity. It hasn’t killed anyone yet, has it?


I am waiting for the bus at the end of the promenade. It has been a good idea to bring a small bag, the heat is suffocating and you can barely feel the breeze. The green and yellow bus arrives on time. Luckily grandma’s town is at the beginning of the mountain range route, the combination bus plus a winding road doesn’t really agree with me most times. I sit in the freezer-bus blessing the inventor of air conditioning and I quickly feel sleepy. I know, it’s less than an hour since I woke up, but running vehicles have that effect on me, I can’t help it.

I get to my stop, I come downstairs slowly anticipating the slap on the face of the afternoon heat. As if I was in super-slow motion I walk to grandma’s house. On my way, I breathe the warm air into my lungs and look around to confirm nobody ventures outside the house at siesta time.

When I enter the hallway, I search for the studded door key in its hiding place. I still remember the day I was thought were it was: that fantastic day in which I was grown-up enough to get into the house on my own and so tall that I could reach the key in its cubby hole.

It is so strange to visit the empty house. It’s almost inconceivable, considering most of my memories include large groups of guests sitting at the patio in the summer nights.

As I walk in, the darkness of the corridor gives me chills. This entrance of the house was the so called "clinic" (for grandma’s plants); there she protected them of the sunlight of the patio during the summer. It seems the canopy roof is completely closed up over the patio and the corridor that in my childhood looked like a little interior jungle, is dark and grey.

I have the feeling exploring the ramshackle house is going to be different. When we were kids, we searched the cupboards and the box room trying to find undiscovered treasures. Today I just find bare walls and battered furniture.


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