domingo, 24 de noviembre de 2013

Mirando atrás/Looking Back, II



II


Antes de hacer mi tour, subo a la antigua habitación de mamá y dejo mi bolso. María ha dejado esa cama hecha, sabe perfectamente que adoro esa habitación. La estancia tiene el techo de vigas de madera y el suelo de ladrillo pintados de rojo. Es una de las habitaciones más antiguas de la casa, probablemente no ha cambiado en más de medio siglo. Y es eso lo que más me gusta, mantiene la esencia de casa de pueblo. Al cruzar el umbral, casi como por encantamiento, me recuerda que estoy en la casa que ha visto varias generaciones de la familia pasar.

 Supongo que María vendrá cuando caiga la tarde y, hasta entonces, todo estará cerrado. Decido dar una vuelta rápida por la casa y hacer una lista de lo que necesitaré para quedarme unos días. Enchufo el frigorífico y compruebo que tenemos una bombona de butano para el agua caliente.

Subo a la habitación y cojo el libro que empecé hace unos días, Norwegian Wood de Murakami. Hasta dentro de un par de horas no habrá mucho que hacer, así que retomo la lectura sentada entre sol y sombra en el escalón del patio.

Oigo girar el llavín en la casa puerta. Me sobresalto al ver que no es María. Abre la puerta un chico de unos veintitantos años, alto y con pelo rubio muy corto, casi al cero. Tiene la piel muy morena y eso hace que las pestañas y las cejas den la impresión de estar encendidas en contraste con la piel bronceada. Entra en el pasillo y finalmente advierte mi presencia, emite un tímido "Hola." y sonríe.

- ¡Dani! ¡No te había conocido!

- ¡Y yo no te he visto! El pasillo está muy oscuro y al entrar del solazo de la calle, he tardado en verte. Mi madre te manda provisiones. Ya sabes, de hambre seguro que no te mueres estando ella cerca.

- No esperaba verte. Pensé que estarías por ahí de vacaciones.

- Mi madre me ha pedido que me quede este mes, quería pintar la casa y supongo que quiere echarte una mano aquí.

- Aquí no hay mucho que hacer... ¿no?

- Hombre, eso depende de a quien quieras venderle la casa.

- Al mejor postor.

Dani sonríe y mira al suelo un instante. Supongo que este lugar le trae tantos recuerdos como a mí. Me enseña la cesta de palma llena a rebosar como diciendo: ¿dónde pongo todo esto?

- Vamos a la cocina. He encendido el frigorífico, podemos meter las cosas y quizá sea buena idea meter una jarra de agua.

Dani va sacando poco a poco la colección de viandas que manda María: salchichón, picos, tomates, limonada casera, aceitunas aliñadas, una fiambrera con salmorejo y así hasta llenar un par de bandejas del refrigerador.

- ¡Me ha mandado hasta pan! – no puedo evitar reírme. La tienda más cercana, que vende literalmente de todo, está a dos minutos de casa. María es de esas madres que demuestra su amor alimentando o sobrealimentando a sus seres queridos. Costumbre, por otro lado, que no es ajena a ningún miembro de mi familia.

Nos sentamos en la mesa de la cocina, cada uno a un lado. Dani me cuenta cómo le ha ido el año. Está en su último año de carrera, como yo. En el maravilloso momento vital (nótese el sarcasmo) de tomar más decisiones acerca de tu futuro cuando todavía no tienes suficiente madurez. Dani se queda serio un momento y me dice, casi frunciendo el ceño:

- No me imaginaba que el final de esta casa sería así.

- ¡Qué dramático! No es el final, sólo cambia de dueños.

- Ya sabes a qué me refiero... Nunca pensé que tu familia fuera a venderla. Al fin y al cabo, hasta no hace mucho, os reuníais en el patio para cenar.

- Esa era ha quedado atrás, era mi abuela quien mantenía esta casa viva y ahora que ya no está, la casa parece distinta. Es como si el alma de este lugar hubiese salido huyendo por la ventana.

- Supongo que tienes razón.

Nos quedamos callados hasta que escuchamos el timbre. Es el albañil que hemos contratado para hacer algunos pequeños arreglos. Cuando él termine cambiando algunas losas y tejas, nos dedicaremos a encalar la casa, esta será mi primera vez. Durante toda mi vida he oído a la abuela hablar de la limpieza general anual y de encalar, pero siempre fue una de esas tareas reservadas para manos expertas.

Francisco, el albañil, se queda mirando las paredes con tristeza. Ciertamente ofrecen un aspecto lamentable, el color grisáceo y alguna humedad se dejan ver en los muros que recuerdo blancos escondidos tras tiestos y plantas de un verde intenso. El color favorito de la abuela era el rojo, pero sus macetas estaban pintadas de verde botella. Incluida la gran tinaja de la hierbabuena que estaba en el corral y que había que regar a diario al caer el sol en verano.

Ir a regar la hierbabuena con el jarrillo de lata blanco desconchado era una misión que me encantaba. Visitar el corral por la tarde en verano era un festival de olores, incluso para alguien con un sentido del olfato tan limitado como el mío. La hierbabuena no era la primera fragancia que se notaba al bajar los escalones desde el pasillo. Lo primero eran los claveles rojos, después el jazmín, la hierbabuena al regarla y por supuesto la dama de noche en la esquina, al lado de la puerta del postigo.

Pero sin duda el arbusto al que tengo más memorias asociadas es el jazmín. En verano la abuela me mandaba a recoger las flores que se abrirían aquella tarde. Había que escoger las flores aún cerradas y con un color entre rosáceo y blanco. Esas florecillas se abrirían durante las últimas horas de la tarde y dejarían su perfume en la sala de estar y la salita donde la abuela me mandaba dejarlas.
 Pero no son todos buenos recuerdos asociados al jazmín, mis primeras picaduras de abeja fueron a cargo de sus inquilinos durante la época estival. Un día, inocentemente, me acerqué a ver sus flores y sentí el aguijón al instante. Corrí a la cocina buscando a mamá que me curó las picaduras con vinagre. Desde ese momento decidí que la manera de pasar por delante del jazmín durante el día, era deprisa y corriendo, o a través del lavadero que ofrecía protección ante aquellos malévolos polinizadores. 

Francisco nos pidió que le enseñáramos las tejas que había que reparar en el lavadero y nos dijo que estaría de vuelta a las ocho de la mañana del día siguiente. Con suerte acabaría los dos encargos en el mismo día. Además de reemplazar las tejas tenía que cambiar la solería del baño, que había sufrido daños durante una reparación reciente.



II

Before I start my tour, I go upstairs to mum’s old bedroom and I leave my bag. María has made that bed; she knows I adore that room. The alcove has a wood beam ceiling and the brick floor painted in red. It is one of the oldest rooms in the house, probably hasn't changed in more than half a century. And that's what I like the most about it: the room keeps that air of a village house on it. When I cross the threshold, almost as an enchantment, it reminds me I am in the house which has seen several generations of my family.
I am guessing María will come at sunset and, until then, everything will be shut down. I decide to go around the house and make a list of what I will need to stay for a few days. I plug in the refrigerator and make sure we have a butane cylinder for hot water.
I go up to the room and pick up the book I started a few days back, Murakami´s Norwegian Wood. I will have nothing to do for two more hours, so I return to read , sitting between shade and sunlight on the patio step.
I hear the door key in the hallway. I get a fright when I see it is not María. The door is opened by a guy in his twenties, tall and with very short blonde hair. He has very tanned skin which makes his eye lashes and eye brows look like they are lit against his bronze skin. The young man enters the hallway and eventually notices my presence, says a timid "Hello." and smiles.
- Dani! I didn't recognise you!
- And I didn't see you! The corridor is so dark when you come in from the blinding sunlight; I took me a few seconds to be able to notice you. My mum sends some supplies. You know damn well, you wouldn’t die of hunger having her around.

- I didn't expect to see you here. I thought you would have gone away on holidays.
- My mum has asked me to stay this month, she wants to paint our house and I guess she wants to give you a hand here.
- There is not much to do here, is there?
- Well, that depends on who you expect to sell the house to.
- To the best bidder.
Dani smiles and looks down for a second. I guess this place holds as many memories for him as it does for me. He shows me the leaf basket filled to the top like he's saying, “Where do I leave all this?"
- Let´s go to the kitchen. I've turned on the fridge, we can put all this in and it may be a good idea to put a jug of water in too.
Dani starts taking the goodies María has sent out of the basket: salami, bread sticks, tomatoes, homemade lemonade, marinated olives, a tupper with salmorejo and so on until we fill up two shelves of the fridge.
- She is sending me bread! – I can’t help but laugh, the closest shop, that sells practically everything, is two minutes away from the house. María is one of those mums who shows her affection by feeding or overfeeding her loved ones. Although, such behaviour is not unknown to any member of my family.
We sit at the kitchen table, one at each side. Dani tells me how things have gone for him this year. He is in his last year in college, like me. In that wonderful time in life (please note the sarcasm) in which you take decisions about your future without being mature enough. Dani is silent for a moment and says, almost frowning:
- I didn’t imagine the end of this house would be like this.
- So dramatic! It’s not the end, it’s only changing hands.
- You know what I mean… I never thought your family would sell it. After all, it’s not that long since the last time you were here in the patio all together, having dinner.
- That time is gone, it was my grandmother who kept this place alive and now that she is not here anymore, the house feels different. It's like the soul of this place had fled through the window.
- I guess you are right.
We keep quiet until we hear the doorbell. It’s the handyman we have hired to make some small repairs. Once he is finished changing some floor tiles and slates on the roof, we will whitewash the house, this will be my first time. All my life I heard grandma talk about the annual deep clean and the whitewash, but it was one of those tasks always left to expert hands.
Francisco, the handyman, has a look at the walls with sadness. They offer a pathetic look indeed. The greyish colour and the damp are visible now, on those walls I remember white hiding behind the intense green of the plants and flower pots. Grandma’s favourite colour was red, but her plant pots were painted in bottle green. Including the clay vessel for the mint in the back yard, the mint that needed to be watered every day at sunset during the summer.
Watering the mint, with the white chipped tin jug, was a mission I loved. Visiting the back yard in the summer nights was a smells festival, even for someone with such a limited sense of smell. The mint was not the first fragrance you would notice when stepping down. First was the red carnation, the jasmine right after, the mint while you water it and of course the lady of the night, beside the witter door.
Although, no doubt the one plant I have more memories associated to is the jasmine. In summer, grandma sent me to pick up the flowers that would be open up during that evening. The secret was to take the buds that were still closed of a colour between white and dark pink. The little flowers would open in the last hours of the day and would spread their perfume in the front room and the little living room where grandma would direct me to leave them.
But not all memories associated to the jasmine are good; my first bee stings were a gift by the bush’s summer tenants. One day in the afternoon, I went to look at its flowers and felt the sting immediately. I ran to the kitchen looking for mum, who put vinegar on the bites. From that moment, I decided the best way to pass by the jasmine was as fast as I could or through the shelter the washing room offered from the evil pollinators.

Francisco asked to see the roof which needed repair over the washing room and told us he would be back at eight o’clock the next morning. With a bit of luck he would finish up both repairs on the same day. As well as replacing the roof slates, he needed to change the bathroom floor, which had suffered some damages recently.
 




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