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lunes, 23 de diciembre de 2013

Mirando Atrás/Looking Back, III




III

 El día siguiente transcurrió despacio. Francisco apareció puntual, dispuesto y hasta parecía de mejor humor. Como si hubiese decidido que el estado en que se encontraba la casa tenía arreglo, convencido de que con un lavado de cara volvería a ser la de antes.
Yo, sin embargo, había pasado toda la noche soñando con la mirada de desaprobación de posibles compradores. Desaprobación en respuesta a mi desesperado intento de explicar las posibilidades que ofrecía la vieja casona. Sí, las escaleras necesitaban arreglo, y un baño en la segunda planta no sería una mala idea, pero, ¿y el espacio? Además, debían tener en cuenta que tenía acceso a dos calles, la entrada principal cercana a la plaza de la iglesia y la del corral que llevaba a una calle ancha con aceras y tiendas de desavío, que proporcionaba esa vida de barrio de la que la calle principal carecía. En fin, mis escasas dotes de vendedora por seguro se pondrían a prueba una vez terminásemos las tareas de encalado y limpieza. Quería, a partes iguales, que el momento no llegara nunca y que acabase lo antes posible.
El día transcurrió entre registrar la cómoda de cajones enormes de la salita, los baúles en la segunda planta y los armarios empotrados, en busca de todo aquello que quisiésemos conservar. No quedaba mucho, la abuela en su empeño de hacer espacio de los últimos años, se había deshecho de nuestros juguetes y alguna ropa de bebé ante el horror de mamá. También habían desaparecido todos aquellos objetos que mis tíos habían dejado atrás: viejos libros de texto, cajitas de “tesoros", tebeos y algún que otro disfraz de carnaval.
En la cómoda no quedaba casi nada. La libreta de cuentas de la abuela y la caja de la costura. Los baúles tan solo contenían sábanas, mantas y alguna bata de boatiné sin estrenar. Las alacenas de la salita estaban vacías, a excepción de la caja de lata llena de fotos antiguas que mamá me había pedido rescatar.
Cuando fueron las once decidí hacer la compra para la semana, armándome con una cesta de palma y mi mejor sonrisa. Sabía que iba a ser difícil explicar qué había pasado, y sabía a ciencia cierta que no iba a escapar las preguntas de la dueña de la tienda en la calle San Sebastián. Por un momento, casi me sentí tentada de ir al supermercado en la parte alta del pueblo, allí no me harían tantas preguntas.
Ya era suficiente pena el tener que vender la casa, para que todo aquel con quien me cruzara en los próximos días me dijera que era una “lástima que nos deshiciésemos de una casa tan linda”. Yo no podía más que asentir, porque en el fondo estaba de acuerdo, pero quién era yo para juzgar la decisión de mis tíos y mis padres. Lo cierto es que nadie quería hacerse cargo de la casa una vez desaparecidos mis abuelos, y lo razonable era venderla a alguien que la fuese a disfrutar.
En la tienda encuentro a una chica joven que no conocía, ¡bien! ¡Nada de explicaciones! A la vuelta me recreo paseando por la calle hasta llegar a la casa puerta. Nunca me ha gustado tener que explicar nada a gente que apenas conozco, y el hecho de como un "evento" como éste será juzgado por todos los vecinos que conocían a mis abuelos. Aunque, quien sabe, quizá logre escapar de los comentarios durante una semana. Al fin y al cabo, hace años que perdí el contacto con mis compañeros de correrías de la infancia.
La calle San Sebastián era una de las principales del pueblo durante mi infancia, tan importante que formaba parte del recorrido de las procesiones de Semana Santa y hasta de la cabalgata del Día de Reyes. Aún tengo viva la imagen de un paraguas abierto en el balcón del primer piso, para intentar hacernos con un botín de caramelos que duraría todo el año. Esa noche dormiríamos en la inmensa cama con colchón de lana cardada. Desde ella, cada año, miraba a la puerta hasta que el sueño me vencía, esperando ver entrar a sus Majestades. Los Reyes Magos, para mi tranquilidad y desilusión, nunca subieron al piso de arriba.
¿Qué más duraba todo el año? La caja de los polvorones. No entiendo muy bien por qué, pero nunca conseguíamos acabarla, quizá por aquello de que hasta el más pintado se engolliparía al consumir más de uno en una sentada. El hecho irrefutable es que estaban garantizados a la hora del café meses después de las fiestas navideñas.
No puedo pensar en esta casa, sin recordad nuestras visitas a la casa de campo donde habían vivido los abuelos: Casablanquilla. En Casablanquilla aprendí a usar una barca de pedales en el lago; allí vi la planta del algodón por primera vez y probé uno de mis primeros abajaos bajo los eucaliptos. De aquellas visitas, observé como se saca un cubo de agua fresca del pozo, me acostumbré a caminar sobre el suelo resquebrajado de cultivo, y a sentarme en una silla de enea.
A mi regreso, Francisco me llama para decirme que casi ha terminado. 
- Yo casi estoy.
- Vale, entonces llamaré a María para decirle que podemos encalar desde mañana por la mañana.
María me dice que Dani va a venir a ayudarnos a encalar. Hoy terminaré de revisar la casa y empezaré a deshacerme de los bártulos que no necesitamos. Más tarde, Dani, traerá lo que necesitamos para mañana.
Subo al trastero y descubro que el viejo sillón del abuelo está aún allí. También la vieja silla de montar. Observo el corral, sin plantas ni ornamentos, desde el ventanuco del trastero. Fueron tantas las horas que pasamos (mi hermano, mi primo y yo) "trasteando" y rebuscando entre cachivaches mientras inventábamos nuevos juegos. 
Oigo el timbre de la puerta, y bajo corriendo para llegar a tiempo al otro lado de la casa. Es Dani, pertrechado con todo lo necesario para mañana.
- ¿Te echo una mano?
- No, no te preocupes. Sólo he traído lo que cabía en el maletero del coche. Mañana vendremos con el resto
- ¿Te quieres quedar a cenar?
- No, a menos que hayas hecho un cursillo de cocina en los últimos cuatro años, me parece que mejor vamos a la pizzería cerca del embarcadero.
- Pero… que guasa tienes. – Me río y admito lo ineludible: todavía no puedo hacerle sombra a la comida de la abuela, ni la de mamá. Hay que seguir practicando…
- No te lo tomes a mal, pero todavía me acuerdo del día que casi quemas la cocina intentando hacer chorizo a la llama... El sabor del chorizo impregnado en alcohol.
- Bueno, para ya. Vamos donde quieras, pero que conste que no me apetece encontrarme a nadie.
- Es miércoles, seguro que no hay mucha gente.
- Espera entonces a que me cambie y nos vamos dando un paseo. Si quieres aparca el coche en el garaje mientras esperas.

Salimos cuando está empezando a refrescar. Llegamos a la plaza de la Iglesia, que ahora me parece minúscula si la comparo con aquella en la que jugaba “al coger” de niña. Pasamos el bar de Aguadera, que ahora es una sucursal de una caja de ahorros. Caminamos frente a la panadería con la mejor tarta de manzana que he probado nunca, y, al final de la Calle San Jerónimo, encontramos una terraza cuyo toldo promete pizza italiana. 
- ¿Hasta cuando piensas quedarte? – me pregunta Dani.
- No sé, creo que cuando terminemos la limpieza general tengo que llevar papeleo a la agencia. Y después, me volveré unos días a la playa y daré tiempo a la agencia para que enseñen la casa. Me han dicho que hay una pareja irlandesa interesada.
- ¿Irlandeses? ¿Y sabes si vivirán allí? ¿O vendrán sólo de vacaciones?
- Creo que les queda poco para jubilarse y quieren convertirlo en una pequeña casa de huéspedes.
Dani me mira como intentando adivinar qué pienso. Le contesto encogiéndome de hombros.
- ¿Sabes qué me encantaría? –Me lanzo a confesar- Poder conservarla como refugio para escribir. Siempre he fantaseado con esa idea. Casa en pueblo remoto, vale esto no es tan remoto… en la que poder desconectar del mundo.
- Supongo que el no poder sintonizar emisoras de radio ayuda en la fantasía…
- Pues sí. Lo importante es que esta casa ha dado muchos quebraderos de cabeza y ha causado bastantes desacuerdos en la familia. Todos opinan que lo mejor es cortar por lo sano. ¿Quién soy yo para oponerme? Además, mi carrera como escritora puede llevarme otros veinte años, para entonces a lo mejor me he comprado una casa en otro pueblo perdido…
Dani ríe de buena gana.
- Yo, por el momento, no echo de menos volver al pueblo, pero no sé si cambiaré de opinión algún día.
- A mi me pasa lo mismo con la casa de mis padres, pero esto es diferente. Es como un episodio constante de Verano azul, como un continuo retorno a la infancia y a los buenos recuerdos.

Pienso, sin decir, que es la vuelta a la inocencia, a los años de descubrir y asombrarse. Venir a casa de los abuelos, fue siempre un mundo secreto que no tenía que compartir con nadie que no perteneciese a él.
Volvemos a la casa de noche, charlando sobre los sitios comunes que conocemos en Sevilla. Parece imposible que no nos hayamos encontrado en cuatro años, frecuentamos los mismos bares.
Me despido de Dani en la esquina de la calle San Sebastián. Tiene un largo paseo de camino a la parte alta del pueblo, donde vive su madre. Camino despacio y una inmensa pena me invade en los pocos metros que recorro sola hasta la casona. No va a ser nada fácil decir adiós.


III

The day after went by slowly. Francisco showed up on time, enthusiastic and even in a better mood. It was like he had decided the state the house was in had a remedy; convinced that with a make over it would be the house it once was in the past.
However, I had spent all night dreaming of the disapproving look of possible buyers. Disapproval on reply to my desperate attempts to explain the infinite possibilities an old house like that could offer them. Yes, the stairs needed some fixing, and a bathroom in the top floor would have been a good idea. But, what about the space it had? On top of that, they needed to understand it had access to two streets; the main entrance was near the Church Square and the court yard access to a wide street with paths and corner shops with neighbourhood atmosphere the main street didn't have. I was sure my lacking abilities as a sales person would be tested once we finished the whitewashing and cleaning work. I wished, with equal intensity, the moment would never come or for it to be gone as soon as possible.
The day went by, between checking the huge chest of drawers in the living room, the linen trunks and the big fitted wardrobe upstairs searching for everything to be kept. There wasn‘t much left. Grandma, in her determination to make some more space the last years, had got rid of our toys and some baby clothes to my mum's shock. The stuff my uncles had left behind was gone as well: old text books, “treasure” boxes, comics and some carnival costumes.
In the chest of drawers there was very little left. The accounts notepad grandma used to write any expense made for the house and the sewing box. The trunks contained just bed sheets, blankets and an unused nightgown. The wardrobes in the living room were empty apart from the old pictures box that mum had asked me to rescue.
At around eleven in the morning, I decided to shop for the week. I readied myself with a palm leaf basket and my best smile. I knew it was going to be difficult to explain what was going on. I knew for sure I couldn't escape the questions of the shop owner in San Sebastian Street. For a moment, I almost felt tempted to go to the supermarket in the high side of the village: they wouldn't ask any questions there.
It was sad enough having to sell the house, to, in the next few days, hear everyone saying it was “such a pity to give up a grand house like that”. I couldn't do anything but nod every time, because deep inside I thought the same, but who was I to judge the decision taken by my uncles and my parents. The fact was that since my grandparents were gone nobody wanted to look after the house, so the reasonable thing was to sell it to someone who could enjoy it.
The shop was attended by a young girl I have never seen before, great! No interrogation! On my way back, I took pleasure on the short walk to the house. I never liked having to explain things to people I’ve barely known, and didn’t enjoy the fact that an “event” like this will be judged by all the neighbours who knew my grandparents. Although, who knows, perhaps I will manage to escape their comments for the week. At the end of the day, it has been years since I am in touch with my childhood mates and their families.
San Sebastian Street was one of the main roads in the village during my childhood. So important, it was always part of the route for the Easter Processions and the Three Wise Men parade. I still have a vivid memory of an umbrella open in one of the top floor balconies, to catch our sweets bounty that would last us for the year. That night we would sleep in the colossal bed with carded wool mattress, from which, every year, I would keep an eye on the door until the sleep catch me, waiting to see their Majesties. The Three Wise Men, to my relief and also some disappointment, never made it to the second floor.
¿What else did it last for the year? The box of polvorones.* I don’t really understand why, but we never got to finish it, most probably because no one I know would be able to eat than one in one go without choking. The irrefutable fact was: they were guaranteed at coffee time months after Christmas time.
I can’t think of this house without remembering of our visits to the country house where my grandparents once lived: Casablanquilla. In Casablanquilla I learnt to use a pedal boat in the lake; there I saw the cotton plant for the very first time; and tried one of my first abajaos** under the eucalyptus. On those visits, I gathered buckets of fresh water from the well, got used to walk in the cracked farming soil and sat in a bulrush chair.
When I get back, Francisco calls me to let me know he had nearly finished.
- I am almost done.
- Ok, then I will call Maria to tell her we can start whitewashing tomorrow.
María tells me Dani will be coming to help us with it. Today I will finish checking the house and will start to get rid of the bits and pieces we don’t need. Later on, Dani will bring the tools we will need tomorrow.
At last, I go up to the junk room and I see granddad's big chair is still there. Also, his old saddle is hanging in the room. I look to the court yard, with no ornaments or plants, from the junk room’s little window. We spent so many hours (my brother, my cousin and I) messing up and searching among all the boxes while inventing new games.
I hear the door bell, and I run downstairs to make it on time to the other side of the house. It’s Dani, equipped with everything we’ll need tomorrow.
- Do you want a hand?
- No, no worries. I brought just what I could fit in the boot of the car. We'll bring the rest tomorrow.
- Would you like to stay for dinner?
- Well, not really… Unless you have done some cooking course in the last four years, I think we better go to the pizza place near the marina.
- You are… very funny. – I laugh and I admit the inevitable: I can’t dream of being as good of a cook as my grandma or even mum. I need practise…
- Don't take this the wrong way, but I still remember the day you almost burned the kitchen trying to make flamed chorizo… The taste of the chorizo soaking in alcohol…
- Ok, stop, please. We will go wherever you want, but for your information, I wouldn't like to meet anybody.
- It’s Wednesday, I doubt there will be many people out.
- Wait then until I get changed, so we can walk down. If you like you can park the car in the garage while you wait.
We go out when it's cooling down. We get to the Church Square, that now seems minuscule if I compare it with the one where I played tag as a child. We pass by the Aguadera’s bar, now a bank branch. Walk by the bakery with the best apple tart I've ever tasted, and, at the end of San Jerónimo Street, we find a terrace with a sunshade promising Italian pizza.
- How long are you planning to stay? – enquires Dani.
- I don’t know, I think when we finish the cleaning I need to bring some documents to the agency. After that, I will go back to the beach for a few days to give them time to show the house. They told me there is an Irish couple interested.
- Irish? Do you know if they will live in there? Or are they planning to use it just on holiday?
- I believe they don’t have much time left until they retire and they would like to convert it into a little guest house.
Dani looks at me trying to guess what's on my mind. I shrug my shoulders on reply.
- Do you know what I would love? –I confess- I would like to keep it as a shelter to write. I have always fantasised with that idea. House in a remote village, ok this is not that remote… in which being able to disconnect of the world.
- I guess not being able to tune any radio station helps with the fantasy…
- Indeed. The important thing is, this house has given many headaches and has caused enough arguments in the family. They all think a clean break is the best option. Who am I to stop them? Besides, my writing career is going to take me another twenty years, by then I may have bought a house in another remote village…
Dani laughs gladly.
- I don't miss the village, at the moment at least, but I am not sure if I will change my mind some day.
- I feel the same about my parents' house, but this is different. It’s like a continued Verano Azul*** episode, like a return to my childhood and to good memories.
I think, to myself, this place is the return to innocence, to the years of discovery and amazement. Coming to my grandparents’ house was always a world I didn't need to share with anyone who didn’t belong to it.
We come back to the house when it’s dark talking about common places we both know in Sevilla. It seems impossible we have never met before in four years: we hang out in the same bars.
I say Dani goodnight at the corner of San Sebastian Street. He has a long walk ahead to his mum’s place in the high side of the village. I walk slowly and I feel overwhelmed by an intense sadness in the few metres I walk to the house on my own. It’s not going to be easy to say goodbye.

*Christmas sweet made from flour, almonds and lard.

** Refried asparagus, potatoes and bread made in a big pan, to be eaten generally outdoors, in the countryside.Typical from Bornos (Cádiz).

*** Popular Spanish TV show aired in the 1980's.

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